jueves, 17 de mayo de 2012

ALUMBRAMIENTO. Naomi Kawase. (I)


(Este artículo fue publicado en el libro Cineastas frente al espejo, editado por Gregorio MARTÍN GUTIÉRREZ [TB Editores / Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, Madrid, 2008])

Luis Miranda 

I

"Cosas que hacen latir deprisa el corazón.

    Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un lugar donde juegan niños. Dormir en una habitación donde se ha quemado incienso. Advertir que un elegante espejo chino está un poco empañado. Ver a un caballero que detiene su carruaje frente a nuestro portón y ordena a sus servidores que lo anuncien. Lavarse el pelo, acicalarse y ponerse ropas perfumadas. Aunque nadie lo vea, sentimos un íntimo placer.
    Es de noche y uno espera una visita. De pronto nos sorprende el sonido de las gotas de lluvia que el viento arroja a las persianas"

Sei Shonagon, El libro de almohada [i]

Sei Shonagon, dama de la emperatriz Sadako durante los últimos años del siglo X, anotaba en su Libro de almohada[ii] enumeraciones y listas de cosas agradables o desagradables, “cosas odiosas; “cosas adorables”; “cosas que están cerca aunque estén lejos”.
Shonagon vivía en Kioto, la capital imperial durante el período Heian (794-1185 d.C). En las películas de Naomi Kawase, nacida en 1969 en la antigua capital Nara, es posible imaginar una similar inclinación a retener y enumerar impresiones, huellas de cosas encontradas que dan forma a un paisaje de la intimidad.
No deseo exagerar la apariencia de una filiación entre dos mujeres que habitaron lugares separados entre sí por sólo 40 kilómetros de colinas y unidos por mil años de quiebras, continuidades y mutaciones históricas. Más bien que como persistencia de una disciplina "japonesa" de la contemplación, las películas “privadas” de Naomi (creo que sólo puedo llamarla por su nombre de pila) representan un episodio conmovedor en el asalto pacífico del cine (del “otro” cine) a la geografía no histórica de la experiencia íntima a través de una poesía de lo empírico. Naomi ha dirigido cuatro largometrajes de ficción -Moe no Suzaku (1996), Hotaru (2000), Sharashoyu (2003) y Mogari no mori (El bosque del luto, 2007): tres estrenados en el Festival de Cannes; dos de ellos premiados allí-. Y se diría sin embargo que éstos son una parte “menor” de su obra, aun siendo películas soberbias que además le garantizan visibilidad en el mapa convencional de la Institución Cine. En cualquier caso, las incursiones de Naomi en la ficción tampoco son un aparte sino una prolongación de su voluntad de enumerar las cosas que hacen latir deprisa el corazón. Que la forma privilegiada por su sensibilidad sea el documento íntimo, la pequeña película privada que visita una y otra vez un espacio doméstico amado, aparece no obstante como el camino más recto hacia esa misma poesía de la impermanencia que da aliento a las fugas provisionales de sus largos de ficción. En uno y otro caso, los ojos abiertos de Naomi oscilan siempre entre el duelo y el alumbramiento.
            El documento íntimo no representa de hecho sino la dimensión más evidente de un deseo de nacer a las cosas. Naomi recorre en detalle el despliegue del ramaje de un arbusto, como si deseara remontar la inaccesible secuencia de su crecimiento en el instante de filmarlo. Ella no sólo pasea la cámara por el exterior sino que desea llegar al interior de la rama; hay algo nervioso en su esfuerzo de retención, como una negativa a finalizar, a detenerse, a agotar la forma del arbusto. Naomi no quiere abandonar la imagen sino abandonarse a ella, y cuanto mayor es su esfuerzo por constatar el ramaje, o la piel cuarteada de la abuela, o el brillo del sol sobre las ramas o cualquiera de esas cosas que, porque sabemos que están ahí, nunca miramos con atención desde la ventana, mayor es la sensación de pesar y la necesidad de llenarse de las cosas. El objetivo es no ser voz sino ojo; o no ser en realidad ojo sino piel que mira.
El dilema de Naomi radica en que desea coleccionar duraciones (las cosas como duración), con la esperanza de que así, transformadas en imagen, se conviertan en una piel luminiscente que puede ser tocada. Sin embargo, la piel une y separa. Ella filma a la vez la posibilidad de disolución del yo en las cosas como deseo de plenitud, pero también como destino inevitable de un ser huérfano que, como tal, parece sentirse incompleto, insuficiente. Frente a ello, aparece la resistencia natural del ser: un deseo de biografía, es decir, de sentido más allá de los accidentes. En sus primeras películas realizadas en formato Super 8 mm., Naomi se limita a sumar visiones de lo que la rodea. Son trabajos de escuela –ella estudiaba Fotografía- en los que sigue literalmente el consejo de un profesor: filmar aquello que nos sea más cercano. Toda la obra posterior de la estudiante se ajustará a este principio. Los títulos de esos trabajos iniciáticos realizados entre 1988 y 1990, no pueden ser más representativos: I Focus on What Interests Me (sólo dispongo de la traducción al inglés, y la mantengo porque el verbo “focus” iguala la acción de centrarse en algo, con la acción de enfocarlo). Traduzco los demás: La concretización de las cosas que me rodean. Mi única familia. En el presente. Paulatinamente, Naomi transforma el registro casual de las calles y transeúntes, de la cocina de la casa en la que vive con sus tíos-abuelos -los Kawase, padres adoptivos de la niña Naomi Komai-, por una fijación más selectiva que oscila entre lo que es más próximo, y lo que estando ahí, resulta inabarcable: como la luz misma, a través de las ventanas o reflejada en la humedad de las plantas de jardín. En cualquier caso, Naomi enumera. En las que considero sus dos obras mayores, la temprana Ni tsutsumarete (Embracing, 1992) y su fascinante epílogo, KyaKaRaBaA (Sky, Wind, Fire, Water, Earth / Dans le silence du monde, 2001), hay sin embargo una dolorosa tensión de búsqueda. Ambas películas giran en torno a la perpetua ausencia de un padre desconocido y la ansiedad que Naomi experimenta al verse a sí misma como accidente. A cambio, ella filma y hace inventario también para celebrar, para entregar su asombro de estar viva y en el mundo. Pero entre este retorno a un nombrar primigenio y el duelo por la fugacidad de las cosas que sólo es posible retener como memoria (como nombre o como imagen-piel; como foto amarillenta del padre), Naomi establece su lugar. Y este lugar equivale al silencio o al balbuceo. Naomi no ejerce de testigo ni narradora de su propia vida, sino que pasea y observa, como una presencia fantasmagórica, débil, que necesita verificarse a sí misma.  


Los bosques de la región de Kansai conocieron el humo de las guerras, pero también la actividad lenta de muchas generaciones de peregrinos educados en la contemplación de las estaciones y en el conocimiento de que todo es efímero. Vuelvo a los inventarios de Shonagon (“Cosas que pierden al estar pintadas… Claveles, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres o mujeres cuya belleza las mujeres alaban”). Incluso cuando esboza un encuentro nocturno, una acción recordada, un hormigueo de admiración que alienta las cuitas amorosas, Shonagon busca ante todo sustantivar: nombrar la situación antes que narrarla, ofrecerla además como una pintura que sólo contiene detalles, pero que se comprende como totalidad gracias a su despliegue de huecos vacíos. La pedagogía japonesa de la contemplación se basó durante siglos en hacer de cada gesto, imagen y sonido la representación de un instante que condensara en su plenitud la experiencia inefable del tiempo. No hablo, por supuesto, del instante pregnante, decisivo (el que condensa en sí la potencia simbólica de un relato); sino precisamente del instante en el que aflora lo contingente, lo no necesario. A través de los huecos de lo narrable, la imagen desvela su naturaleza mental. En un contexto muy diferente, Walter Benjamin se acercó a la esencia de este efecto, y lo llamó “aura”: “una trama muy particular de espacio y tiempo: irrepetible aparición de una lejanía, por cerca que ésta pueda estar”. (El subrayado es mío)[iii].

...

[i] Sei Shonagon: El libro de almohada. Selección y traducción de Jorge Luis Borges y María Kodama, Alianza, Madrid, 2004, p. 47.

[ii] El libro de almohada de Sei Shonagon (c. 965 - entre 1000 y 1025 dC) y el Genji Monogatari escrito en aquellos mismos años del período Heian por la dama Murasaki Shikibu (c. 978 - c. 1014 dC), y que muchos consideran como la primera novela –en el sentido moderno del término- de la que se tiene noticia, representan al mismo tiempo la fundación y dos de las más altas cimas de la prosa literaria japonesa. El hecho de que sus autoras fueran damas nobles del período Heian japonés no es casual. Durante ese período clásico anterior a las guerras que desembocarán en la caída de la dinastía Fujiwara, la corte imperial era una especie de paraíso decadente cuyos habitantes dedicaban la mayor parte de su tiempo al desarrollo del arte, la poesía y la ejecución de complicados rituales esotéricos asociados al budismo Tendai. El budismo Zen, tan importante para el desarrollo posterior de la sensibilidad estética japonesa, no había desembarcado aún en el país.

[iii] El texto citado continúa: “Seguir con toda clama en el horizonte, en un mediodía de verano, la línea de una cordillera o una rama que arroja su sombra sobre quien la contempla hasta que el instante o la hora participan de su aparición, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama.” Walter Benjamin: “Pequeña historia de la fotografía”, Discursos interrumpidos I, Taurus, Madrid, 1973, p. 75.

miércoles, 16 de mayo de 2012

MA


  à Ma: en japonés, "entre", "intervalo", "espacio", “habitación”, “pausa”…

Imágenes de Las hermanas de Gion (Gion no shimai / Gion no Kyodai, 1936, dir. Kenji Mizoguchi)



sábado, 28 de enero de 2012

EL “GIJONAZO”. Sobre el cese de José Luis Cienfuegos, director del Festival de Cine de Gijón.

El cese de José Luis Cienfuegos, el pasado 11 de enero, como director del Festival Internacional de Cine de Gijón, ha caído como una bomba entre los miembros de la “profesión” (programadores, cineastas, críticos y especialistas en cine en general). No es que sintamos que se trata de una flagrante injusticia, sino peor aún: la gestión de Cienfuegos no merecía ser objeto de sospecha y enjuiciamiento, sino más bien de lo contrario. Por ello, los profesionales y un buen número de cinéfilos activos sentimos que el cese es un acto de censura extensible a toda una cultura del cine. En consecuencia, muchos nos adherimos a un documento que solicita la reincorporación del despedido, a pesar de saber que estas decisiones no tienen vuelta atrás. Es dudoso incluso que Cienfuegos quisiera retornar a un entorno ya definitivamente irrespirable. Pero se trataba de pedir lo imposible como única respuesta a lo impresentable.

Impresentable, mezquino. Descorazonador. A estas alturas, los adjetivos se echan a perder, acumulados frente al error fundamental que suele guiar a los poderes públicos en el manejo del, para ellos siempre "sospechoso" a la par que irrelevante, asunto de la cultura. Se desmorona el panorama de los festivales de cine en este contexto de crisis profunda, y el caso Cienfuegos vendría a ser su más visible suceso de no ser porque el argumento económico, en este caso, resulta banal: Gijón ha sido un modelo de gestión óptima con fondos escasos. Por esa razón, lo que más sorprende en medio del (lógico) revuelo generado por la noticia, es la ausencia de comentarios que subrayen cabalmente el carácter ideológico de la medida. A Cienfuegos lo han echado por hacer un festival radical y tener éxito en el empeño. Lo demás son pretextos insostenibles.

La hazaña –sin hipérbole– del Festival de Cine de Gijón fue lograr que un certamen intrascendente se convirtiera en el modelo a seguir en España. Supo combinar sabiamente rigor intelectual y sentido de la aventura, evitó componendas y términos medios, y logró superar con goleada las mejores expectativas de evaluación crítica y asistencia en una ciudad de menos de medio millón de habitantes (su público es una minoría realmente masiva: siempre más de 50.000 entradas vendidas en los últimos años). Todo ello con un presupuesto que, en términos generales, viene a ser la mitad de lo que emplean los festivales de una escala similar en nuestro país. O lo que es igual, con una tercera parte del presupuesto de la Seminci de Valladolid y casi una octava parte de lo que invierte el de San Sebastián. En cuanto a si los festivales en general suponemos un despilfarro de fondos públicos, es otro debate, que a menudo se parece a debatir si es despilfarro pagar impuestos por un servicio que no usemos todos. Pagamos para que haya escuelas aunque no tengamos hijos, y para que haya carreteras en comarcas que nunca visitaremos. Pero es que a fin de cuentas no se ha cancelado un festival inoperante, sino un modelo de festival y un festival modélico.

La formidable aportación del Festival de Cine de Gijón a la cultura cinematográfica de este país durante los 16 años de la era Cienfuegos no puede medirse, pero está por doquier. Ha sido el norte con respecto al cual todos los demás hemos calibrado la brújula. Especialmente para tantos festivales creados durante la última década, como el de Las Palmas, en el cual desarrollo mi trabajo; pero también para otros certámenes veteranos y consolidados: ahí están la bien enfocada puesta al día del mayor de todos, San Sebastián, o los nuevos espacios abiertos, no sin problemas, para lo inclasificable en un festival de género como el de Sitges. Y si en estos años se pudo hablar de una nueva crítica joven que encontraba continuidad a través de los blogs, habrá que añadir que no hay red sin nudos para atar los cabos, y Gijón ha sido el nudo más valioso. De no tener ese festival, muchas voces del “otro” cine y de la llamada “nueva cinefilia”, hubieran pasado más tiempo del aconsejable en el exilio de la red o de las aulas universitarias.

No puede extrañarnos que todo esto haya sido insuficiente para los nuevos gestores. Es plausible imaginar que lo antedicho alimentara más bien la suspicacia y el menosprecio fácil. Gijón tuvo éxito con una fórmula presuntamente “impopular”, programando un tipo de cine que ni piensa ni necesita el éxito. Pero la excelencia se mide por partidos. No me refiero, naturalmente, a los partidos políticos, cuyas diferencias en materia de tradición cultural se disuelven en un mediocre consenso tácito a la hora de considerar los usos de la cultura. Aunque resulte cándido remontarse tan atrás, uno piensa en la propia anomalía de la que nace la idea misma de arte, que supone ante todo una reticencia al uso. Hablo desde la melancolía de esa “otra” cultura del cine, donde el espejismo de los prestigios de lo artístico no puede ya ocultar una realidad que día a día nos obliga, a quienes trabajamos como promotores, enseñantes o programadores de cine, a justificarnos. En el mejor de los casos, se nos atribuye la culpa de ser unos inocentes.

Se nos dice: ¿para qué sirve un festival? Diremos: para servir películas, las cuales a su vez, idealmente, no deberían servir para nada. El problema es que terminan sirviendo para algo, se les obliga a ello. El arte pasa necesariamente por desplazar, desnaturalizar o simplemente olvidar voluntariamente los usos prácticos de una imagen, un símbolo, un texto. Aparece cuando el tótem de la tribu vale de pronto para algo más, o al menos para algo distinto, a lo que pretendía el jefecillo que lo encargó. Vale por sí mismo, que es como decir que vale para mirarnos en él. Los esfuerzos de un programador obedecen a la experiencia de haber visto cosas que tienen tal vez interés por sí mismas y merecen en todo caso la oportunidad de ser vistas por otros. En la modestia de esta pretensión, las demandas de promoción turística del municipio correspondiente funcionan como la zanahoria atada al palo para que el caballo avance. A nadie se le escapa que la zanahoria no sólo es inalcanzable, sino que es de plástico.

(La metáfora es compleja y requiere aclaración: el gestor político supone que la zanahoria es el festival. Para el gestor cultural, sin embargo, la zanahoria es la utopía turística. La carga de la que tira el pobre animal también cambia de naturaleza según quién la mire: el político verá en ella los ingresos del sector servicios, y el programador verá la intangible sustancia del conocimiento por la belleza. El programador no es tan ingenuo como parece: sabe que la aparición repentina de ese intangible ha necesitado antes una red industrial de producción y distribución. Pero ese es otro tema.)

Los festivales son entonces, por norma, hijos bastardos cuyos progenitores habitan mundos distintos. Pero aun nacidos de un error, tienen hoy el papel sobrevenido de abrir la única ventana disponible a la faceta no comercial del cine. No hay forma de evitar la confrontación porque, para nosotros los programadores, el cine no es un medio sino un fin al que nunca debería renunciarse. Y más en nuestros días. El mercado impone un modelo único que procede en su mayor parte de la costa californiana, y esto no es cosa de ahora. Pero la imposición ha multiplicado notablemente su capacidad de abuso en las últimas décadas, y si no toleramos imaginar una librería donde ocho de cada diez libros a la venta sean bestsellers de intriga o de política-ficción, ¿por qué estamos dispuestos a aceptar una situación análoga con el cine?

Obviamente, lo aceptamos porque los cien años y pico de historia que convirtieron al cine en la fábrica de imaginario del siglo XX (pero ya no del XXI: mejor reconocerlo cuanto antes), no han bastado para otorgarle “seriedad” ante la opinión pública, salvo precisamente como fábrica. Quizás tengan razón quienes aseguran que la seriedad no es buena, que cuando aparece es un síntoma de muerte. Se puede entonces pensar en la temeraria seriedad de los cinéfilos militantes de los 60, sobre cuyos hombros tratamos de sostenernos muy precariamente. ¿Ya se moría el cine entonces, con la alarmante señal añadida de la entrada del cine en las universidades? Por mi parte, sólo puedo decir que hoy no encuentro diferencia apreciable entre comentar Las uvas de la ira de John Ford en el aula, y disertar acerca de las pinturas flamencas del siglo XV. Asuntos nobles y serios, que merecen un lugar de solemne encierro en la universidad. Fuera de ella, al experto se le discute por sistema una condición previamente otorgada con honores: cuando algo se convierte en materia de estudio en una facultad de humanidades, recibe una formidable “patada hacia arriba”. Fuera del aula, el especialista en historia y estética del cine descubre que el mundo es frío. Por ejemplo, cuando trabaja para festivales, que no son organizados por universidades, por suerte, sino por ayuntamientos. Por desgracia.

Mientras tanto, Hollywood toma muy en serio el provecho que obtiene de no ser tomado en serio más que en términos económicos: su cine ocupa el segundo lugar en volumen de ingresos como producto de exportación. No sólo da dinero, sino que vende imagen al tiempo que allana el terreno –literalmente: lo vuelve homogéneo– para ganar aún más). Nadie olvida que el cine es un producto muy caro, y nadie advierte que su inflación de costes procede también de los Estados Unidos (habría que hablar un día de una “burbuja hollywoodiense”: o cómo el encarecimiento inaudito del cine comercial americano ha encarecido a su vez la producción de cine en todas partes, de tal modo que las películas que intentan ser baratas, resultan comercialmente inviables). Ante este panorama insoportable, los festivales tratamos de abrir espacio a una creatividad menos restringida por los requisitos económicos ergo estéticos de las ficciones al uso. Se objetará que hacemos un uso irresponsable del dinero público para sostener una industria impotente. Responderemos que cubrimos responsablemente los agujeros que deja tras de sí la irresponsabilidad intrínseca del mercado.

(Apunto de paso un dato más, si de cuestiones económicas ha de hablarse: un festival bien gestionado y de alcance global, como el de Gijón, puede arreglarse con algo menos de un millón de euros. Ahora bien, para que un certamen de este tipo sobrepase la esfera de los “entendidos” –pero mal comprendidos– y funcione como escaparate promocional para la ciudad, hace falta al menos el triple de esa cantidad. De tal modo que, si los festivales fracasamos en nuestra misión no deseada de servir a intereses turísticos, no será porque salimos caros sino porque se nos quiere baratos además de “útiles”).

Hablemos por último de mayorías y minorías. Se me excusará que generalice gravemente, pero sostengo que los profesionales y los aficionados habituales de los certámenes, aceptan y disfrutan la enorme diversidad del cinematógrafo en una medida que no tiene correspondencia inversa. Las voces que hablan a menudo en nombre de esa “mayoría” estadística que extraemos de los datos económicos, tienen todo el derecho a cuestionar las películas, las tipologías y los criterios que convergen en los festivales. Sería mucho más saludable no obstante que en la diatriba hubiera algo más de razonamiento crítico genuino. Esos portadores del “gusto común” son algo así como expertos que reniegan, se quitan el hábito (hablan de hecho de que los “otros”, los “pedantes”, o sea nosotros, actuamos como sacerdotes) y se lanzan al modo de un cantante de rock en brazos de una masa imaginaria a la que llaman “público” (tal vez les gustaría decir “pueblo”, “patria”: los abusos retóricos ejercidos sobre esas palabras se parecen mucho) para descartar de paso que los espectadores de las películas de Kiarostami, por ejemplo, sean de hecho también público.

En la práctica, el asunto se reduce a desautorizar por principio y entre vítores destemplados la profesionalidad de unos especialistas cuyos conocimientos no se cuestionarán por erróneos sino por excesivos. En el fondo, esta noción se ha forjado a la inversa: el conocimiento será un exceso en la medida en que propicia criterios “erróneos” de acuerdo a una norma del gusto previamente supuesta. De ahí que al nuevo sustituto de Cienfuegos al frente del Festival de Gijón se le escape un insulto involuntario, ya famoso, hacia el llamado gran público al diferenciarlo del público “inteligente”. Extraño caso de inclusión por exclusión, o viceversa. ¿Existe, en fin, algún otro ámbito de la vida social, aparte del fútbol, en el que una defensa de lo iletrado pueda expresarse con tanta desfachatez?

No pretendo disimular una defensa de mi propio oficio ante el caso Cienfuegos: la solidaridad cae sobre suelo abonado por el agravio corriente del que somos objeto, en esta época de crisis, los trabajadores públicos de la cultura. Naturalmente, el objetivo predilecto del ataque es el experto, que carga con el peso de ver siempre la palabra entre comillas como quien carga con apéndices de cornudo cuando pasea a la vista de todos por la plaza del pueblo. ¿Cuánto tiempo más habrá que soportar el escarnio, tan habitual cuando el término se aplica al ámbito de las artes y las humanidades? Cesar a Cienfuegos implica deshacerse del principal gestor del festival de referencia en nuestro país. Su apuesta por el conocimiento era necesariamente una apuesta estética ergo política radical. Tenía una inmediata afinidad por la inteligencia del fuego, por las imágenes que arden y gritan para pensar mejor. Por eso lo echaron. Lógicamente, los compañeros de viaje no sólo nos sentimos señalados. Nos sentimos insultados.

martes, 11 de octubre de 2011

Una infamia, otra más. 1 año de prisión y 90 latigazos para la actriz de MY TEHERAN FOR SALE

En marzo de 2010, el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria recibió la visita de la cineasta iraní Granaz Moussavi, quien había realizado una película que relataba las dificultades de una joven actriz de teatro alternativo de Teherán para emigrar a Australia en busca de un entorno asfixiante. MY TEHERAN FOR SALE comenzaba con el asalto de un comando de "vigilantes de la moral" sobre una fiesta clandestina en la cual hombres y mujeres, sin velos ni tabúes, bailan, charlan o se aman en algún rincón.

Los riesgos de humillación y tortura que aparecían en escena no eran en absoluto exagerados: la actriz protagonista del filme, Marzieh Vafamehr, ha sido condenada por las autoridades iraníes a un año de cárcel y 90 latigazos, precisamente por su participación en MY TEHERAN FOR SALE.

Manejamos algunas ideas para definir la situación. Represión del pensamiento, control de las conciencias, imposición de una teocracia, intolerancia medieval con especial saña sobre las mujeres. Pero esa indignidad del castigo físico, 90 latigazos sobre una mujer por haber dado su imagen y su experiencias a estas imágenes que hemos visto, y que por tanto nos han sido entregadas por ella y por Granaz y por todos los que se jugaron la piel, odio decir que literalmente, y la libertad, y la vida, al rodar un filme. Y que por eso mismo que nos entregó, sufrirá en su espalda 90 latigazos. Eso ¿cómo lo habremos de manejar? ¿Cómo estaremos a la altura del compromiso lanzado por la película, reforzado a su pesar por la decisión de los verdugos?

Con Granaz pudimos hablar, y mucho. De modo familiar, desde un fondo común en el que ser coetáneos, hoy más que nunca, tiene mucho más peso que los orígenes y la historia cultural y política del lugar de procedencia.

Granaz sabía que su película era una enmienda a la totalidad del régimen, y que sobrepasaba con mucho los límites, no sólo de lo que es permitido decir, sino de lo que es permitido representar en Irán. Asentada en Australia, Granaz tuvo la cobertura de una compañía de producción del país de acogida. De hecho, MY TEHERAN FOR SALE es una película australiana, aunque pensada y filmada por iraníes que forman parte del "underground" de la cultura capitalina. Marzieh recibirá 90 latigazos. En nombre de todos los que la hicieron posible, pero será solo ella, su espalda y ninguna otra, la que sufra esa injuria. Si no lo evitamos, de algún modo, si ello es posible.

Ante algo así, no es posible eludir el compromiso real que adquirimos al ver y hacer visible una película, frente a todo poder.

sábado, 1 de octubre de 2011

LA FURIA UMANA Nº 10 - Textos sobre MALICK

El Nº 10 de la revista web LA FURIA UMANA drigida por Toni D'Angela dedica un apartado especial a las obras de STAN BRAKHAGE y TERRENCE MALICK.

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Kévin Cappelli Écriture et pensée visuelle

Doris Peternel The Act of Seeing With Stan's Eyes. Essai sur le cinéma de Stan Brakhage

Olivia Cooper Hadijan Le mots malgré tout

Adrien Clerc Stan Brakhage, une lune électrique

Julien Oreste La mort sans costume. L’expérience visuelle de la mortdans le cinéma narratif & chez Stan Brakhage

Jessie Martin Anticipation of the Night: de la contemplation a la revelation

Fred Camper Mothlight and Beyond

Sarah Ohana Hell Itself ou l’espace vécu

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Joe McElhaney Terrence Malick: Moving Beyond the Threshold

Alessandro Cappabianca Umano, pre-umano, oltre-umano

Carlos Losilla Desaperecer sin dejar rastro (para luego regresar). El camino desde los años setenta

Cloe Masotta Polvo eres…

Alain Bergala Badlands

Sigismondo Sciortino, Ariane Gaudeaux Days of Heaven

Luis Miranda, Gregorio Martín Gutiérrez The Thin Red Line

Aurelien Rigaud, Marco Grosoli The New World

Charlotte Mariel, Jean-Cristophe Ferrari The Tree of Life

Gabrielle Lucantonio La musica e gli effetti sonori nel cinema di Malick

Mónica M. Marinero El otro Malick: Being There

Lawrence French My Meeting With Terrence Malick

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Toni D’Angela Il logos latente. Brakhage, Malick e i rami dell’Essere


http://www.lafuriaumana.it/index.php/home

martes, 20 de septiembre de 2011

En defensa de 'PUNTO DE VISTA' FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DOCUMENTAL DE NAVARRA




Carta abierta de Josetxo Cerdá, director de 'Punto de Vista' Festival Internacional de Cine Documental de Navarra, a la presidenta del Gobierno de Navarra:

"El pasado jueves, 15 de septiembre, recibí una llamada en la que se me comunicaba que se suspendía la que tenía que ser la octava edición de Punto de Vista, que debía celebrarse entre el 21 y el 26 de febrero de 2012.

No solo yo, sino parte del equipo de Punto de Vista llevaba trabajando en el festival desde el mes de mayo, cuando se abrió el plazo de inscripciones (cerca de 500 películas presentadas a fecha de hoy) y empezamos a diseñar los contenidos del programa. El trabajo de varias personas durante cuatro meses, además de otros gastos de programación y producción del festival (como el mantenimiento y seguimiento de las inscripciones, los viajes a festivales o los envíos de material) ahora es una inversión desperdiciada. La programación de Punto de Vista de 2012 está cerrada en un 90%. Tenemos incluso cartel y el anuncio para las salas. Por no hablar de un programa de búsqueda de financiación privada que se había puesto en marcha a principio del verano y parecía que podía empezar a dar frutos en breve.

Todo eso es un esfuerzo personal, profesional y económico que ahora se pierde irremediablemente. Eso, en un momento donde se nos dice que priman las políticas de austeridad. Punto de Vista en su edición de 2011 finalmente consiguió calar entre los diferentes públicos de la ciudad y dejar atrás una etiqueta de elitista que le había perseguido de manera injusta desde su creación: inteligente sí, elitista no. ¿Cómo puede considerarse elitista una actividad cultural que tiene un precio de 3 euros? Punto de Vista es un festival para el disfrute de los navarros y de todas aquellas personas que, cada año, se desplazaban desde diferentes rincones de España, y del extranjero, hasta Pamplona para asistir al evento. Visitantes que llegaban a la ciudad en el frío mes de febrero para aumentar la actividad económica del sector servicios de manera evidente con la ocupación de habitaciones de hotel, comidas y cenas en bares y restaurantes, transportes, etc.

Como han dicho los medios en repetidas ocasiones, Punto de Vista se había convertido en una de las citas cinematográficas más importantes del Estado y de creciente y reconocido prestigio en el extranjero (así lo han atestiguado algunas de las publicaciones punteras como Cahiers du Cinema, Senses of Cinema o Art Forum en los últimos años). Todo ello con un presupuesto total que era hasta tres y cuatro veces menor que algunos de los otros festivales españoles con los que Punto de Vista se comparaba habitualmente en cuanto a calidad. Y así parecía reconocerlo UPN en su programa electoral de mayo, donde afirmaba que Punto de Vista es, o tenía que ser, el ‘programa de referencia’ en el área de cine del actual Gobierno de Navarra. Dichos programas de referencia eran una serie de iniciativas propias a los que era ‘preciso de dotarles de una mayor financiación para incrementar su actividad y promoción’ (Muévete por Navarra. Programa electoral Unión del Pueblo Navarro 2011-2015, pág. 41). ¿Dónde quedan hoy esas promesas electorales? ¿Dónde la defensa de una actividad cultural de reconocido prestigio dentro y fuera de Navarra y España? ¿Dónde el compromiso con un público navarro que el festival ha ido consolidando a lo largo de sus siete ediciones? ¿Dónde, por último, el compromiso con todo un conjunto de profesionales que hicieron posible eso a lo largo de todos estos años y un equipo que lleva trabajando cuatro meses en la nueva edición y ya ha adquirido compromisos con directores de lugares tan diferentes como Alemania, Malasia o Estados Unidos?.

Atentamente,

Josetxo Cerdán
Director Artístico de Punto de Vista 2012"